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La sobreprotección y sus consecuencias

 En Noticias

Al igual que otros mamíferos del mundo, los seres humanos poseemos un instinto natural de protección hacia nuestras crías. Es lógico, un hijo necesita a unos padres que lo alimenten y que lo cuiden para poder crecer sano y fuerte, ya que él mismo no es capaz de sobrevivir por sí solo a los peligros de su entorno.

En 1956, el célebre pediatra inglés Donald D. Winnicott observó que en muchas madres se desarrollaba un proceso psicológico muy característico, el cual comenzaba prácticamente desde el inicio del embarazo. Este proceso, al que llamó maternaje, consistía en una preocupación primaria por la protección de su bebé.

Aunque el maternaje surge de una preocupación, lo que a priori puede resultar ilógico o innecesario, en cierto modo es un fenómeno adaptativo y muy necesario para garantizar la supervivencia del bebé. Un recién nacido necesita de unos cuidados básicos para poder crecer sano y fuerte. La protección hacia los hijos es fundamental, pero no siempre es ejercida de una forma adecuada.

A medida que un hijo va creciendo, debe afrontar cada vez más situaciones en las que tiene la oportunidad de desarrollar una serie de habilidades básicas para ser autónomo en muchos aspectos de su vida (comer y dormir solo, su higiene personal, relacionarse con otros, solucionar los conflictos, etc.).

Un niño no sabe cómo actuar ante esas situaciones, por eso es normal que sus padres quieran ponérselo fácil. Ya sea por falta de tiempo, por falta de paciencia o simplemente por falta de ganas de discutir, muchos padres acaban haciéndole la cama al menor, fregando su plato, recordándoles continuamente la hora de hacer los deberes, de acostarse, de levantarse para ir al colegio, etc.

Es como si el menor, de forma casi imperceptible, “delegara” todas esas responsabilidades en sus padres. Por su parte, los padres asumen dichas tareas y preocupaciones porque a ellos les resulta mucho más fácil y práctico asumirlas (al fin y al cabo, llevan mucho más tiempo que el niño haciéndolas). Hasta aquí, todos felices: los niños no necesitan desarrollar ninguna habilidad y sus padres no pierden el tiempo enseñándoles a ser autónomos.

¿Dónde está el problema entonces? Los problemas vienen con el tiempo, como suele ser habitual, con la llegada de esa etapa tan temida por todos los padres: ¡LA ADOLESCENCIA! En esta etapa de la vida, los menores reclaman su lugar en el mundo, quieren tener su propia identidad, ser independientes para poder elegir quiénes quieren ser.

En este camino hacia su auto-descubrimiento, los adolescentes necesitan una serie de herramientas para poder alcanzar sus metas: capacidad para resolver los problemas por sí mismos, habilidades sociales, poder tomar decisiones, motivación interna, tolerancia a la frustración, etc.

Si un menor es sobreprotegido por sus padres durante su infancia, llegará a la adolescencia sin estas herramientas. Por lo tanto, es muy probable que fracase en la tarea de definirse y desarrollarse adecuadamente.

 

 

¿Cómo saber si un hijo ha sido sobreprotegido? La mayoría de teóricos que han investigado acerca de las consecuencias que acarrea sobreproteger a un menor, coinciden en enumerar una serie de características comunes entre los adolescentes que han sido criados bajo este estilo parental:

  • Miedo e incertidumbre continuos ante cualquier cambio, tendiendo muchas veces al catastrofismo.
  • Incapacidad o gran dificultad para tomar decisiones. La famosa “parálisis por análisis”.
  • Baja autoestima, ya que se juzgan muy negativamente a sí mismos por verse incapaces de alcanzar ningún objetivo que se proponen o de solucionar un problema por sí mismos.
  • Intolerancia a la frustración. Si no se salen con la suya a la primera se frustran muchísimo y abandonan ante la mínima señal de dificultad.
  • No saben calcular las consecuencias de sus actos. No miden lo que dicen ni cómo lo dicen.
  • Escasas o nulas habilidades sociales, por no haber tenido la oportunidad de relacionarse con personas distintas de las del propio ámbito familiar.

Las intenciones de unos padres hacia un hijo siempre son las mejores, pero muchas veces los resultados no son los más adecuados para el menor. Quizás haya sido demasiado protegido y por eso ahora le cuesta tanto ser feliz.

Si su hijo/a manifiesta una o varias de estas características, probablemente sea el momento de empezar a soltar las riendas.

 

 Jorge Mora

Psicólogo General Sanitario

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